miércoles, 11 de diciembre de 2013

El traje nuevo del emperador
(Lectura)
Hace muchos años, en un lejano país, vivía un emperador muy vanidoso. Lo único que le interesaba verdaderamente eran los trajes. Poco le importaba su país. Pensaba sólo en cambiarse de traje cada día y a veces también mañana y tarde. Sus trajes eran bellísimos y carísimos.
Un día llegaron a su reino dos expertos en el arte de vivir a costa de los demás. En cuanto se enteraron de la afición del rey por los trajes, corrieron la voz de que eran tejedores especializados en una tela única, que aparte de ser la más bella, tenía el don de ser invisible para la gente tonta.
Al enterarse el rey, de inmediato mandó llamar a los falsos tejedores. Sin reparar en gastos, les encargó que le confeccionaran un traje a su medida.
Los impostores pidieron un cuarto, un telar, sedas finas, hilos de oro y que nadie los molestase. De inmediato se dieron a la tarea de trabajar y empezaron a pedir más telas y oro.
Mientras tanto, en el pueblo ya se había corrido el rumor de que al emperador le estaban confeccionando un traje especial y que tenía la virtud de desenmascarar a los tontos e ineptos.
El rey, que tenía curiosidad por el traje, mandó primero a su primer ministro y después a su maestro de ceremonias para supervisar el trabajo. Ambos no lograron ver nada, pero por el temor de ser destituidos y objeto de burlas, dijeron al rey que la tela era maravillosa.
Sin embargo, la curiosidad iba en aumento y un día el rey fue a visitar a los tejedores embusteros. Éstos fingieron mostrarle una tela maravillosa. El rey no salía de su asombró, pues sus ojos no veían nada, lo que significaba que era tonto o no merecía ser emperador. Sin embargo, al igual que los demás, fingió ver una tela maravillosa, para que nadie se enterara de tan terrible verdad. Y todos los que lo acompañaban se desbordaron en elogios para la tela. El rey, para que nadie sospechara su torpeza, dio a los tejedores una bolsa de oro y los nombró "tejedores del reino".
Pasaron los días y se acercaba un torneo. El primer ministro sugirió al rey que se le confeccionara un traje con la tela mágica. Los tejedores fueron a tomar medidas del rey para confeccionarlo y pidieron, por supuesto, más dinero. Al llegar el gran día, los tejedores llegaron al palacio fingiendo cargar un gran traje, con el que empezaron a vestir al emperador.
Después de que estuvo listo, salió el rey del palacio y todos, ante el temor de parecer tontos o ineptos, alababan el traje del rey, no sin ahogar con trabajo la risa en los labios, al ver lo que realmente veían en vez del traje.
Pero un niño, al acercarse el rey, gritó a su papá: ¡el emperador no lleva nada puesto!, ¡qué chistoso!
—¡Dios mío! ¿No oyen la voz de la inocencia? —dijo el padre.
Y en breve empezó a murmurar la multitud, repitiendo las palabras del niño y soltando grandes carcajadas.
Al oír estos clamores, el rey se mordió los labios, porque le parecía que la gente tenía razón, pero a esas alturas, nada podía hacer. Siguió caminando, en dirección a la plaza, como si no pasara nada, con los mozos deteniéndole un manto de cola que no existía, acompañado por las carcajadas cada vez más sonoras de sus súbditos. De los tejedores, por supuesto, nunca más volvió a saberse. 

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